El “gigante” de Cardiff

Publicado: 2 febrero, 2013 en Bromas, Engaños
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Exhum,aciópn de los "restos" del Gigante de Cardiff

Exhumación de los “restos” del Gigante de Cardiff

El 16 de octubre de 1.869 unos obreros que excavaban un pozo contratados por William C. Newell (más conocido como “Stub”) hicieron un hallazgo que los dejó de piedra, nunca mejor dicho. Encontraron lo que parecían ser los restos de un hombre petrificado. Por si esto no fuese suficientemente extraño, dichos restos tenían una longitud de 3’04 metros (10 pies en el sistema anglosajón de medida), lo que indudablemente se correspondía con las medidas propias de un gigante. William Newell, que vio en el gigante petrificado un buen medio para obtener unos ingresos extra -y, ¡quién sabe!, a lo mejor poder dejar de trabajar- decidió desenterrarlo y exponerlo al público por la módica cantidad de 25 centavos la visita. Como quiera que se corrió la voz y que la gente empezó a agolparse frente al lugar, en sólo dos días el precio de la entrada había ascendido de 25 a 50 céntimos. Newell no tardó mucho en darse cuenta del valor de su gigante y poco tiempo después lo vendió por 23.000 dólares de la época (una cantidad que hoy serían aproximadamente 420.000$, una cifra nada desdeñable) a un grupo de cinco hombres.

Este consorcio trasladó el petrificado cuerpo del gigante a Siracusa, una ciudad del estado de Nueva York en la que la afluencia de gente fue muchísimo mayor. Tanto que hasta el célebre Phineas Taylor Barnum se llegó a interesar en su compra ofreciendo unos exhorbitantes 50.000 dólares. Ante la negativa del consorcio a vendérselo, P.T. Barnum decidió que tendría su propio gigante petrificado y encargó una réplica hecha en yeso que publicitó como el gigante original y que el de Siracusa era una vulgar propia del suyo. Entonces, con dos gigantes petrificados, empezó la guerra sobre cual era auténtico, si alguno de ellos tan siquiera lo era y cómo casaba eso con la presunta “creación” del dios cristiano. Desde las universidades se alzaron voces anunciando el fraude ya que no conocían ningún procedimiento por el que se consiguiese convertir la piel humana en piedra. Por el otro lado, los creacionistas recalcaban que era la prueba de que, como anunciaba el Génesis, en tiempos remotos había habido gigantes sobre la faz de la Tierra.

¿Quién tenía razón?

Pues la razón la tenían aquellos que defendían que se trataba de un engaño puesto que el gigante petrificado nunca había sido un ser vivo. Todo nació de la mente de un empresario tabacalero, George Hull. Hull era un hombre extremadamente escéptico en lo referente a la “creación divina”, y para darle en las narices a los creacionistas decidió “demostrar” la existencia de los gigantes fabricando una escultura de yeso natural de un hombre yacente pero aumentando la escala. En 1.868 encargó un bloque de este material a una cantera de Iowa, diciendo que se trataba del material necesario para erigir un monumento a Abraham Lincoln, presidente estadounidense que había sido asesinado 3 años antes. Una vez que el bloque estuvo listo lo envió a Chicago, donde contrató a un prestigioso escultor de origen alemán llamado Edward Burghardt, a quien ofreció una buena cantidad de dinero a cambio de la escultura y, lo más importante, a cambio también de su silencio sobre la naturaleza de la obra. Una vez que la estatua estuvo acabada decidieron dañarla de diversas formas para simular el paso del tiempo. Le tiraron varios ácidos encima, le pintaron manchas e incluso lo golpearon con un tablón repleto de clavos diminutos para simular los poros de la piel. Cuando estuvo a su gusto trasladó el “cuerpo” en tren hasta la granja de William Newell, quien casualmente era su primo. Un año más tarde convenció a su primo de la necesidad de construír un pozo en un lugar determinado de su granja. Cuando Newell accedió, el gigante petrificado salió a la luz y las discusiones empezaron casi de inmediato. Un tanto divertido por la enorme magnitud que estaba cobrando su broma (en la que, por cierto, se había gastado más de 2.500 dólares), Hull finalmente decidió aclarar el asunto y dejar claro que el gigante de su primo era obra suya. Tras su confesión publicada en los periódicos el día 10 de diciembre, P. T. Barnum comenzó a publicitar más su copia alegando que esta sí que era real, lo que llevó a alguna gente a reírse descaradamente tanto de Barnum como de la gente que pagaba por ver una imitación de un fraude. Barnum montó en cólera y llevó a juicio a David Hannum, quien ganó notoriedad con la frase:

A cada minuto que pasa nace un mamón

Esta frase se refería a los cientos de crédulos que iban a ver al gigante petrificado, dando dinero a espuertas a P. T. Branum por algo que se sabía que era un fraude. En el juicio se determinó que no era posible juzgar a nadie por llamar engaño a un gigante falso, con lo que el bochorno para P. T. Branum fue doble. Tiempo después se utilizó el gigante para una exhibición en la Exposición Panamericana de 1.901, aunque la expectación que se pretendía crear no cumplió en modo alguno las expectativas. Hay quien menciona que los ingresos que generó no llegaron para cubrir tan siquiera los costes generados por su transporte. Finalmente fue vendido en el año 1.9470 al Farmers’ Museum de Cooperstown, donde puede verse hoy en día.

A pesar de ser un engaño, este gigante petrificado supuso una fuente de ingresos, por lo que generó una serie de  fakes similares, entre los que están:

  • En 1.876 apareció otro gigante de arcilla, que en principio se creyó obra de Hull nuevamente aunque éste declinó toda responsabilidad con un tajante: “Ya lo hice una vez, no tiene gracia repetirlo
  • En 1.877 el propietario de un hotel encargó una estatua similar y la enterró en una zona hacia la que tenía previsto ampliar el hotel. Desafortunadamente para él, esta maniobra publicitaria quedó en suspenso cuando uno de los operarios que la enterraron lo anunció estando borracho y desmontó el “hallazgo” antes de que se produjese.
  • El caso más sonado de imitación fue el de Jefferson Ryolph Smith II, más conocido como “Soapy Smith”, quien compró una réplica por 3.000 dólares y cobró 10 centavos por visita. Aunque no ganó mucho con la entrada sí que lo hizo -y ganó mucho- con unas mesas de trile que instaló cerca de la exhibición para entretener -y desplumar- a la gente que hacía cola.
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