El monte Testaccio

Publicado: 16 enero, 2013 en Construcciones, Historia, Roma
El "monte" Testaccio

El “monte” Testaccio

Roma, la capital del antiguo Imperio Romano, ha sido conocida desde tiempos inmemoriales por ser “la ciudad de las siete colinas. Históricamente se contabilizaban las siguientes:

  1. Collis Aventinus
  2. Capitolinus Mons
  3. Collis Caelius
  4. Mons Esquilinus
  5. Collis Palatium
  6. Collis Quirinalis
  7. Collis Viminalis

Se trata de elevaciones naturales que oscilan entre los 47 y los 64 metros de elevación. Actualmente Roma cuenta con más ya que la expansión de esta ciudad (actualmente cuenta con unos 2.800.000 habitantes sólo en su núcleo) ha ido englobando lo que era el horizonte de la antigua ciudad. Entre todas las colinas romanas hay una que destaca entre todas por una pequeña peculiaridad: el monte Testaccio.
Este montículo se eleva hasta unos 45-50 metros de altura, y cubre un área de en torno a 20.000 m². Sin embargo no se levantó por fuerzas geológicas o por erosión de una montaña mayor como pudo ocurrir con el resto. Este montículo en realidad es un cementerio de ánforas. Porque, en contra de lo que se suele pensar, las ánforas eran más bien recipientes de transporte (generalmente de líquidos) y no los predecesores de las jarras que todos usamos en casa. A pesar de los empeños de Hollywood por enseñarnos fornidos esclavos escanciando vino de enormes ánforas en las copas que sus señores tendían distraídamente desde el triclinium, éstos usaban unas jarras que, aunque tuviesen la misma forma, tenían mucha menos capacidad.
Y es lógico que no las usasen para el servicio directo porque el ánfora representaba a su vez una medida de capacidad que equivale a 26’25 litros. Si a eso se le suma el peso de la arcilla empleada para hacer una estructura de hasta 1’5 metros de alto, tendremos unos 40 kilogramos de peso total, algo que las haría extremadamente incómodas de manejar.
Las ánforas pues, se cargaban en navíos desde los lugares de producción (vino, aceite, garum, etc.) y se enviaban a la capital del Imperio. Una vez allí, se almacenaban y se iban distribuyendo en recipientes más manejables. El problema vino con el enorme tamaño que Roma llegó a alcanzar, con más de 1.000.000 de habitantes, que hizo que empezase a incrementarse enormemente el número de ánforas vacías. Aunque reutilizar materiales no era, desde luego, un concepto extraño para los romanos, les resultaba más cómodo deshacerse de las ánforas y no pasar por el proceso de lavarlas, secarlas y enviarlas de vuelta a provincias.
Para ello eligieron un lugar dentro de las murallas aurelianas, a donde enviaban las ánforas vacías para ser machacadas y amontonadas. Se cree que la primera fase de este cementerio anforil se desarrolló entre los años 74 a. E. y 149, época en la que alcanzó una gran extensión de terreno pero poca altura. Posteriormente empezaron a hacer una suerte de terrazas con trozos cerámicos para poder ganar altura sin que se desmoronase el conjunto, con lo que fue alzándose en el aire hasta aproximadamente el año 230. Poco después de esa fecha fue cuando comenzó la Anarquía Militar y, lógicamente, el comercio hacia la capital imperial fue menguando paulatinamente, con lo que el número de ánforas a destruír se redujo notablemente.
Aunque se siguió usando como basurero en épocas posteriores, la vegetación fue cubriendo poco a poco aquel montón de trozos de arcilla, probablemente ayudada por la cal con que los romanos cubrían los restos de ánforas para evitar olores fuertes. Con el devenir del tiempo, lo que allí quedó fue un montículo como otro cualquiera, aunque su origen fuese diferente, y la gente comenzó a olvidar lo que allí había.
El secreto permaneció oculto hasta 1.872, cuando Heinrich Dressel comenzó a excavar el “monte” y empezó a encontrar numerosos restos cerámicos. Tras estudiar concluyó que la mayoría eran ánforas de aceite, hechas en su mayoría en la provincia de Baética, en el sur de la actual España. En menor grado encontró restos de recipientes con otros orígenes, con lo que empezó a analizar los distintos tipos de ánforas (había algunas enteras, se ve que entre los esclavos también había vagos que ni siquiera se molestaban en machacar nada :D) y acabó creando un listado de hasta 66 tipos diferentes que todavía se utiliza hoy en día.
En la actualidad ya no se producen excavaciones arqueológicas allí, aunque los túneles que se han ido cavando se utilizan para almacenar vino ya que el interior de la “montaña” se mantiene constantemente a 17º Centígrados, una temperatura ideal para la conservación vino tinto.

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