El canal de Corinto

Publicado: 1 enero, 2013 en Barcos, Construcciones
Tramo del canal de Corinto

Tramo del canal de Corinto

En el s. VII antes de nuestra era los navegantes tenían que rodear el Istmo de Corinto para llevar mercancías entre ciudades que distaban pocos kilómetros entre sí. Tenían que navegar casi 700 kilómetros para llevar mercancías a una distancia de 6’5 kilómetros por tierra. El problema, al margen de la gran distancia es que esa costa se caracteriza por tener un litoral bastante complicado, con numerosas rocas que podían ocasionar (y ocasionaban) numerosos naufragios. Por aquel entonces reinaba en Corinto el tirano Periandro (628-588 antes de nuestra Era), un hombre con grandes aspiraciones que, aunque incluído entre los Siete Sabios de Grecia, también resultaba ser un hombre despiadado. Sean ciertas o no las acusaciones de ser un hombre malvado, lo cierto es que en verdad resultaba un hombre con amplias miras que tuvo una idea adelantada a su tiempo: conectar las ciudades de la zona con un canal para ahorrar tiempo en la distribución y evitar hundimientos de navíos.
Por desgracia para Periandro, la excavación resultaba enormemente compleja para su tiempo y la idea cambió. En lugar de hacer el canal que había ideado acabó haciendo un camino en el que transportar los barcos por tierra a través de troncos rodantes. A este camino se le dio el nombre de Diolkos (Δίολκος en griego, “transporte al otro lado”), y le resultó enormemente lucrativo. Tanto, que las gentes de la zona dejaron de pagar impuestos porque los peajes del canal llegaban para todas sus necesidades.
Sin embargo, la idea del construír el canal nunca llegó a dejarse totalmente de lado, y en el siglo IV antes de nuestra era Demetrio I de Macedonia (337-283 a. E.) la retomó. Tras consultar con sus arquitectos y matemáticos, no obstante, tuvo que dejar la construcción porque su consejo de sabios había determinado que unir los dos golfos (el de Corinto y el Sarónico) podría conllevar que se produjesen grandes inundaciones e incluso (¡¡no lo quieran los dioses!!) hundir el Peloponeso bajo las aguas para siempre. Era pues demasiado riesgo y como quiera que el Diolkos seguía funcionando muy bien, la cosa se quedó como estaba.
Tiempo más tarde con la dominación romana volvieron los intentos de dotar a la provincia de Acaya (Achaea según su nombre romano) con el deseado canal que conectara las vías marítimas. Hasta tres emperadores se interesaron por el magno proyecto. Julio César había encargado estudios sobre el tema aunque su asesinato en 44 a. E. dejó los planes abandonados. Calígula, por su parte, volvió a encargar un estudio de la materia y, al igual que Demetrio I, sus asesores le dijeron que era imposible hacerlo porque los mares estaban a diferentes niveles. Estaban en un error, por supuesto, pero en aquellos tiempos no tenían forma de comprobarlo. El único que en efecto hizo algún esfuerzo por construír la maravilla fue Nerón. En el año 67 fue a la zona y, como en las ceremonias de inauguración de obra que aún siguen gustando en la actualidad, fue el primero en cavar y llenar una cesta con escombros. Destinó una fuerza de 6.000 prisioneros de guerra a cavar, pero, cuando llevaban una distancia de cuatro estadios (unos 700 metros) la muerte de Nerón hizo que se abandonasen las obras.

Uno de los numerosos puentes que lo cruzan

A lo largo de su recorrido lo cruzan varios puentes

No fue hasta mucho tiempo más tarde, en el año 1.687, cuando alguien volvió a retomar el proyecto. Esta vez fue la Serenísima República de Venecia, una de las mayores potencias comerciales que el mundo ha visto, para quienes el comercio marítimo lo era todo. Sin embargo, y a pesar de lo rico que era ese estado, los costes de construcción fueron tildados de “astronómicamente elevados” y la idea fue deshechada antes de empezar a cavar siquiera.
Sin embargo, cuando Grecia recuperó el Peloponeso tras su independencia del Imperio Otomano en 1.830, también revivió el sueño del canal. Y esta vez, gracias a los avances técnicos y a los explosivos, era factible.  La idea, además, cobró un nuevo impulso con la construcción del canal de Suez en 1.869, por lo que se encargaron diversos estudios a varios arquitectos de todo el mundo. Durante bastantes años siguieron topando con el mismo escollo que tanta otra gente se había topado: el coste de construcción era muy elevado. Tras innumerables peripecias, se consiguió finalmente un presupuesto que el estado griego podía asumir y, el 23 de abril de 1.882, en presencia del rey Jorge I de Grecia, se inició formalmente la construcción. No obstante, a los dos años las obras tuvieron que ser interrumpidas a los 3 años de haberse iniciado por la bancarrota de István Türr, la cabeza visible del consorcio que acometía las obras. Con un pequeño empujón económico por parte del estado griego (aunque no sin esfuerzo y numerosas negociaciones), las obras pudieron reanudarse en el año 1.890 y finalmente la construcción fue terminada el 25 de julio de 1.893, 11 años después de haberse iniciado el proceso. El canal medía (y mide en la actualidad) 6.346 metros de longitud, 24’6 de ancho y tiene una profundidad de 8 metros.
El canal actualmente da servicio a unos 11.000 barcos al año, cifra que en su mayor parte está compuesta por embarcaciones de recreo y no comerciales. La explicación es sencilla: hoy en día los barcos de mercancías son muchísimo más grandes que lo eran en el siglo XIX. El canal estaba pensado para barcos de su tiempo, y con sus dimensiones es demasiado pequeño para los buques mercantes. Sin embargo sí es de un tamaño apropiado para los numerosos cruceros que surcan el mar Egeo y sus incontables islas.
Por cierto, aunque ya no se utilice, es posible ver en la actualidad algunos tramos del Diolkos en paralelo al canal de Corinto.

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