La “guerra” del cerdo

Publicado: 8 diciembre, 2012 en Historia, Inutilidad
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cerdo

Ilustración del detonante

El 15 de julio de 1.846 se firmó en la capital estadounidense un tratado conocido como Tratado de Oregón, el cual establecía los límites tanto de Estados Unidos como de Gran Bretaña con respecto al entonces llamado Territorio de Oregón, una zona comprendida entre el oeste de las Montañas Rocosas y el océano Pacífico. Aunque en principio parecía que esto ponía fin a las pretensiones territoriales de ambos países sobre la zona, lo cierto es que en realidad no dejaba del todo claro hasta donde llegaban los límites de cada nación. El gran problema consistía en que ambos bandos esgrimían un mapa diferente de la región. Por un lado, los ingleses utilizaban el mapa de George Vancouver, un mapa que databa de 1.798 y que daba una mayor cantidad de tierra al imperio británico. Por otro lado, los estadounidenses esgrimían otro mapa realizado por Charles Wilkes en el año 1.845. Obviamente, con una topografía en ciernes y 47 años de diferencia entre ambos mapas, el follón estaba preparado para saltar a la mínima posibilidad. Y la ocasión no tardaría mucho en llegar.
Con ambos mapas como referencia surgía un pequeño problema: había unas islas que quedaban en tierra de nadie y ambas naciones las querían para sí, las Islas de San Juan. Dicho archipiélago queda al sureste  de la isla de Vancouver, justo en medio del canal que conecta el estrecho de San Juan de Fuca con el de Haro.
De las 450 islas (en su mayor parte son pequeños islotes realmente) que componen dicho archipiélago, una especialmente suscitaba el interés de ingleses y estadounidenses, la isla de San Juan, la 2ª en extensión. Ambas naciones la querían para sí pero, dados los medios empleados para delimitar el territorio (dos mapas diferentes), no se atisbaba ninguna solución. Ninguna de las dos naciones aceptaba tampoco regirse por el mismo mapa, por lo que se decidieron ambos países a ocupar la isla y así poder reclamar su propiedad.

Cerdos de la raza "Large Black", la misma que la de nuestro desafortunado protagonista

Cerdos de la raza “Large Black”, la misma que la de nuestro desafortunado protagonista

Los primeros en establecerse fueron los británicos, quienes decidieron fundar allí la Hudson Bay Company y establecer un criadero de ovejas. En poco tiempo aparecieron también colonos estadounidenses (se calcula que en 1.859 eran entre 25 y 30), quienes construyeron granjas. Aunque un tanto recelosos unos de otros, se fue estableciendo una convivencia que podría ser calificada de normal. O lo habría sido, al menos, si no hubiese aparecido en esta historia un cerdo que “invadió” propiedades de una nación ajena.
El día 15 de junio de 1.859 Lyman Cutlar, un granjero de nacionalidad estadounidense, se encontró en su plantación de patatas a un cerdo ajeno, que además de estar dando buena cuenta de sus tubérculos era propiedad de Charles Griffin, un irlandés que trabajaba para la Hudson Bay Company. Montando en cólera ante tamaña afrenta, Lyman asió su escopeta y disparó contra el puerco invasor. Tras percatarse de lo ocurrido, Charles acudió ante su anteriormente buen vecino. Nunca habían tenido ningún problema digno de mención, aunque se sabe que Charles tenía una buena piara y que generalmente los dejaba a su libre albedrío, algo que en cualquier lugar suele dar problemas y que finalmente también los provocó aquí. Tras la protesta inicial del señor Griffin, Lyman Cutlar le ofreció la cantidad de 10 dólares para compensarle por la pérdida de su cochino. Sin embargo Charles montó en cólera por el “sacrificio innecesario” y le exigió diez veces más. 100 dólares en aquella época era más de lo que valían todos los cerdos que tenía, algo que Lyman le hizo notar. No fueron capaces de llegar a ninguna clase de acuerdo, por lo que los británicos amenazaron con detener a los colonos estadounidenses hasta que el asunto se arreglase. Lejos de mediar en el litigio, el ejército estadounidense optó por enviar a 66 soldados para proteger los intereses de sus colonos. Lejos de mediar también, los británicos respondieron a este envío de tropas enviando a su vez a tres buques de guerra para oponerse a las tropas “enemigas”.
Ante esta llegada de tropas, el mando de los estadounidenses desplegados, el capitán George Pickett dijo:

Les vamos a dar otro Bunker Hill

Tras esta especie de declaración de guerra, los estadounidenses enviaron más tropas y los británicos, por su parte, también. El día 10 de agosto de 1.859 había en la Isla de San Juan 461 militares y 14 cañones estadounidenses enfrentados a 2.140 militares, 5 buques de guerra y 70 cañones británicos.
Ante lo absurdo de acabar aglutinando tal cantidad de tropas (y el gasto que ésto representaba, que también influyó) por una mera discusión entre dos vecinos, ambos gobiernos decidieron sentarse a negociar una solución para este conflicto tan absurdo. Tras varios años en los que ambos países mantuvieron unas guarniciones militares simbólicas, la única amenaza para la paz fueron las grandes cantidades de alcohol que los militares de ambos bandos consumían. Cuando a los 12 años se dieron cuenta de que esta situación se había prolongado en exceso, ambos gobiernos solicitaron la mediación de un país neutral para resolver el conflicto diplomático-militar que tan caro les estaba saliendo y que, además, era el hazmerreír de medio mundo. Eligieron para la mediación a Alemania. Guillermo I de Alemania y Prusia, a la sazón emperador alemán, delegó en tres hombres la decisión, quienes tardaron casi un año en dirimir el asunto. Prisa, lo que se dice prisa, no se dieron mucha 😀
Finalmente el 25 de noviembre de 1.872 (¡¡13 años después del inicio del asunto!!), se decantaron por otorgar la tierra a Estados Unidos en lugar de a Gran Bretaña. Ambas naciones aceptaron la resolución y, primero los británicos y luego los estadounidenses, ambos países retiraron a sus tropas.
Lo cierto es que una guerra en sí no fue, ya que no hubo ninguna baja en ninguno de los dos bandos. Ninguna salvo las peleas de borrachos que se producían a veces en los barracones.
Para cuando por fin se decidió el asunto territorial que efectivamente pudo acabar en un derramamiento de sangre, los dos granjeros ya hacía bastantes años que habían resuelto sus diferencias. Lyman seguía con su granja de patatas y Charles Griffin seguía criando cerdos (dentro de un vallado, eso sí).

En realidad la única baja que se produjo fue aquel gorrino anónimo que, en su natural búsqueda de alimento, recibió unos disparos que acabarían poniendo a dos ejércitos cara a cara

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