Los leones de Tsavo

Publicado: 7 febrero, 2012 en Bichos
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Los dos leones tal y como se pueden ver hoy en día en el Museo Field de Chicago

En el año 1.895 el gobierno colonialista inglés presentó un proyecto para construír una línea de ferrocarril entre Kisumu y Mombasa, en Kenia. La peculiaridad de esta línea era que tenía que cruzar el valle del Rift, zona que a la sazón estaba dominada por la tribu Masái. Los masái son conocidos por ser en principio gentes dedicadas al pastoreo y de carácter un tanto nómada, aunque en caso de sentirse amenazados constituían en su época una feroz tribu guerrera, temida hasta por las caravanas que en lugar de cruzar las llanuras del Rift preferían dar un rodeo y hacer un camino más largo.
Ante el atónito seguimiento de numerosos periódicos (no en vano esa línea férrea fue denominada “Lunatic Express” por la prensa de la época), las obras finalmente empezaron en el año 1.896 y se prolongarían hasta bien entrado el año 1.901. A lo largo de los 930 kilómetros del recorrido, los culis (obreros indios) padecieron numerosas calamidades: quemaduras por las traviesas de hierro al cruzar el desierto de Taru, deshidratación, moscas tse-tse, guepardos, víboras, cobras, inundaciones, mosquitos…
Ah, leones también.
En Marzo de 1.898 las obras llegaron a los márgenes del río Tsavo, lugar que cuenta con una población de leones que, al igual que otros en algunas poblaciones de Senegal, tienen una peculiaridad: tanto machos como hembras carecen de melena. Esto se cree que obedece a la propia vegetación de la zona (bastante tupida) que hace que algo como una gran melena resulte incómodo y bastante molesto para acechar presas.
Peculiaridades al margen, lo cierto es que concretamente dos de estos leones se especializaron en la captura de hombres. De vez en cuando por las noches acudían al campamento y sacaban a los hombres de sus tiendas para devorarlos.
En un intento de protección, los obreros se decidieron a imitar a los poblados que habían visto y construyeron unas bomas para vallar el perímetro del campamento. Estas bomas consisten una empalizadas forradas con ramas de espino que por lo general son muy útiles para disuadir a depredadores de penetrar en el recinto. Por lo general. En este caso, desgraciadamente, no sirvieron. Bien por una especial habilidad para trepar -los leones no suelen ser grandes trepadores- o bien por falta de pericia por parte de los trabajadores indios que no estaban acostumbrados a erigir a este tipo de estructuras, lo cierto es que los leones lograron burlar esta defensa una y otra vez y continuaban cobrándose víctimas.
El encargado de la construcción, el teniente coronel John Henry Patterson, comenzó también a instalar trampas como lazos en las inmediaciones del campamento pero al igual que pasó con la boma, también fallaron en su cometido; o no estaban en un buen lugar o estaban mal hechas, pero lo cierto es que los leones no caían. Llegado ya el mes de Noviembre de 1.898, tras 8 meses de ataques, Patterson decidió acabar con el problema de la única manera que se le antojaba efectiva: a disparos.

John H. Patterson junto a uno de los leones

John H. Patterson pasó de refugiarse en su tienda a hacer turnos de vigilancia subido en los árboles cercanos durante la noche. Al final su perseverancia obtuvo sus frutos.
El 9 de Diciembre logró abatir al primero de los leones, a quien bautizaría como “Ghost” –fantasma-; tras herirlo en el tren trasero y perseguirlo durante varias horas entre la maleza, logró finalmente descerrajarle el tiro final.
Sin embargo aún quedaba su compañero, quien no sólo no se había alejado si no que continuaba alimentándose a base de trabajadores del ferrocarril. Finalmente, el 29 de Diciembre Patterson logró abatir al segundo león, apodado por él mismo como “Darkness” –oscuridad– y poner fin de esa manera a los ataques a los trabajadores.
El teniente coronel mandó transformar las pieles de ambos félidos en un par de alfombras que tuvo en el salón de su casa durante 25 años. Finalmente, las vendió por la cifra de 5.000 dólares americanos al Museo Field de Chicago, donde les volvieron a dar forma de leones y las expusieron al público junto a los auténticos cráneos. Hoy en día todavía se pueden observar allí, por si estáis cerca algún día y os apetece ir a ver a estos dos gatitos 😉

Supongo que llegados a estas alturas os preguntaréis sobre el tamaño de los leones, o a cuanta gente mataron, ¿no?. Bien, pues como todo -o casi- de lo que viene del s. XIX y principios del XX de África, tiene dos lecturas: la oficial y la real.
Esto último lo digo porque muchos animales de tallas descomunales “descubiertos” en aquella época por exploradores y militares fueron convenientemente agrandados para mayor publicidad. Según Patterson, quien (¡¡cómo no!!) publicó un libro sobre estos dos leones, tenían un tamaño descomunal. Tal que para llevar los cadáveres de 3 metros de longitud desde la nariz hasta la punta de la cola -lo normal está entre 1’70 y 2’50- hacían falta hasta 8 hombres. Los ejemplares del museo dicen que eran más bien de tamaño normal, aunque éste pudo haberse acortado al ser recortada la piel para hacer alfombras iguales. Dejémosle pues el beneficio de la duda al teniente coronel Patterson en esto, aunque en otra cosa sí sabemos que mintió exageró. Y exageró bastante.
El bueno de Patterson fue diciendo a quien quisiese escucharle -a veces a quien no también- la cifra de hombres muertos en las fauces de ambos leones. Como suele pasar cuando se exagera, la cifra va creciendo conforme pasa el tiempo, y en el año de publicación de su libro (1.907) la cifra había subido de 60 a al menos 135. En aquella época, por supuesto, era totalmente imposible saber cuantos hombres habían comido los leones. Lo que Patterson nunca llegó a imaginar es que con el avance de la ciencia se pudo hacer una estimación más precisa y que dejaba al descubierto el abultamiento de cifras que hizo.
Gracias al análisis de las firmas isotópicas de δ13C y de Nitrógeno-15 presente en la queratina capilar y en el colágeno óseo, se consiguió aislar la firma isotópica dejada por las presas humanas, diferente a la del resto de presas habituales en leones.
A través de este procedimiento se calcula que Darkness había consumido carne de entre 10 y 11 hombres, mientras que su hermano Ghost había hecho lo propio con unos 24 diferentes. Por tanto, tenemos que entre los dos habrían consumido un máximo de 35 presas humanas, 100 menos que las dichas por nuestro aguerrido teniente coronel Patterson.
Una pregunta que se hace mucha gente -yo mismo me la hice- es el motivo por el que ambos leones comían cada uno a su presa y no todas entre ambos. La conclusión que he leído -que no sé si es exacta, seguiré indagando- es que realmente un ser humano como presa supone entre 10 y 20 kilogramos de comida para un león, animal que no aprovecha los huesos como pueden hacer las hienas por ejemplo. Además hay otro factor, y es que la mayoría de trabajadores tristemente protagonistas de estos hechos eran indios, quienes se caracterizan por tener -generalmente- una talla relativamente pequeña. Si a esto sumamos una más que probable malnutrición ya que no eran esclavos, pero casi, casi, tenemos como resultado unas pobres presas para nuestros dos protagonistas.

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Pues yo opino que

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