El pararrayos humano

Publicado: 28 diciembre, 2011 en Cuerpo humano, Curiosidades

Muchas veces hemos oído eso de que es más fácil que te alcance un rayo a que te toque la lotería (de paso anuncio que el pasado 22 de Diciembre no me tocó absolutamente nada :D). Según las fuentes varía la diferencia de probabilidad, pero generalmente todas las fuentes aluden a que es más fácil -o probable- que nos parta un rayo que que nos toque la lotería. Triste, pero cierto. Hay que tener en cuenta que, como todo, tiene sus matices: es IMPOSIBLE que nos toque la lotería si no jugamos, e incluso podríamos decir que también lo es que nos alcance un rayo si no estamos en una zona concreta durante una tormenta. Pero a nivel general, si tenemos un décimo de lotería y estamos en una planicie en plena tormenta eléctrica, si ha de ocurrirnos alguna de las dos cosas seguramente no nos toque la lotería.
Alguna gente, por desgracia, muere a causa de estos eventos. Otras personas son más afortunadas y sobreviven, habiendo documentados casos en los que incluso ha sobrevivido gente sin graves secuelas.
Sin embargo, como en esta vida hay gente para todo, y hay incluso a quien “le tocó la lotería del rayo” no una vez, ni dos, si no hasta 7 veces. Esta es la historia de un guardabosques que ignorando estadísticas y probabilidades, “coleccionó” golpes de rayos.

Roy Cleveland Sullivan

Roy Cleveland Sullivan

Roy Cleveland Sullivan nació en Virginia (Estados Unidos) el 7 de Febrero de 1912 y en el año 1936 empezó a trabajar como guardabosques en el Parque Nacional de Shenandoah que, como quien dice, le quedaba al lado de casa.
En Abril de 1942 se estaba refugiando de una tormenta en un puesto de vigilancia contra incendios que, habiendo sido construído poco antes, no contaba con un pararrayos. La tormenta siguió azotando la zona y el puesto de vigilancia, con su estructura metálica, recibió entre 7 y 8 descargas antes de que Roy decidiese escapar. Según sus palabras, “saltaba fuego por todos lados”, por lo que creyó más seguro salir de allí. Apenas había avanzado unos pocos metros cuando le impactó un rayo. Éste le dejó una quemadura de un par de centímetros a lo largo de su pierna derecha, impactó contra un dedo de sus pies e incluso hizo un agujero en la suela de su zapato. Sin embargo, Roy sobrevivió.
En Julio de 1969 Roy volvió a tener otro percance con un rayo, considerado por alguna gente como quizás el más extraño de todos los casos documentados. Y es que en esta ocasión Roy se encontraba conduciendo su camioneta. Normalmente, estar en un vehículo suele ser garantía de seguridad en caso de tener un percance con un rayo, ya que la estructura metálica funciona como “pararrayos”, absorviendo la descarga eléctrica sin que ésta llegue al interior. El caso es que durante el trayecto un rayo golpeó un árbol y parte de él salió hacia donde Roy iba conduciendo, con tan mala suerte que en vez de impactar contra la carrocería impactó en Roy a través de la ventanilla abierta. Como resultado, Roy se quedó inconsciente y acabó con pestañas, cejas y buena parte del cabello quemado. Hasta tuvo suerte después, puesto que su camioneta se paró en la cuneta sin mayores percances.
En 1970 estaba tranquilamente en el porche de su casa cuando un rayo golpeó un transformador eléctrico que había cerca, y uno pequeño rayo se desvió hacia Roy, golpeándole el hombro izquierdo y causándole de este modo una pequeña quemadura.
En 1972 se encontraba dentro de una de las casetas que los guardabosques tienen diseminadas por el Parque de Shenandoah cuando se volvió a desatar una tormenta. Acercándose a la puerta para contemplar el espectáculo, volvió a sentir un rayo. Esta vez no le dio directamente, aunque al golpear un lateral de la caseta su pelo comenzó a arder. Tratando de apagarlo con su chaqueta, se dirigió hacia el baño para refrescarse. A partir de este momento Roy empezó a pensar que algo raro sucedía; no era normal que le cayesen encima cuatro rayos y como si nada. De hecho, estaba convencido que si una multitud se ponía en un descampado durante una tormenta estando él en el medio, al único al que le iba a caer un rayo encima era a sí mismo y a nadie más. Así mismo comenzó a llevar con el por el parque una lata con agua, en la creencia de que a lo mejor el agua evitaba que lo pudiese alcanzar directamente otro rayo. Como se verá más adelante, esta lata le resultó útil, pero no como él pensaba.
En Agosto de 1973 estaba trabajando en el parque cuando vio cómo se empezaba a formar una tormenta, y teniendo en cuenta su historial, no debe sorprendernos que decidiese salir pitando de allí con su furgoneta. El caso es que cuando se alejó hasta la otra punta del parque, bajó del vehículo y se dirigió hacia una caseta porque empezaba a llover. No llegó a la caseta sin que antes le volviese a caer un rayo encima. Después de incendiarle el pelo bajó por su brazo izquierdo, luego por su pierna izquierda y finalmente le hizo saltar el zapato que llevaba puesto. Presa de algunos dolores, se arrastró hacia la furgoneta, donde cogió la lata con agua para echársela encima y aliviarse algo (os dije que le resultó útil, aunque no como el creía que iba a ser 😉 )
En Junio de 1976 estaba por el parque en un día aparentemente normal. Algo nublado, pero normal. Sin embargo, Roy tuvo la sensación de que “algo” lo seguía. Y no, no se equivocaba; el primer rayo que cayó de aquella nube le dio directamente a el en una pierna, lesionándole el tobillo.
En el año 1977 Roy ya era un hombre de 65 años y se jubiló. La gente se sentía algo reacia a hablar con el porque se extendió la creencia de que Roy atraía los rayos de alguna manera y estar a su lado era un peligro. Por lo tanto, se entretenía pescando en una charca ubicada a un par de kilómetros de su casa. En Junio de ese año estaba pescando cuando le alcanzó el séptimo rayo de su vida. El impacto le quemó el pelo (como siempre, pero eso a Roy se la traía floja) y le provocó algunas quemaduras de poca importancia en el pecho y a la altura del estómago. Para rizar el rizo, no fue el único contratiempo que el pobre Roy tuvo que sortear ese día. Al ir hacia su vehículo para volver a casa se encontró con un oso joven que se sentía atraído por el maletero de la furgoneta. Afortunadamente, el oso era poco más que una cría y tras ver al bípedo del pelo que olía a quemado gesticulando hacia el decidió que entre los árboles se estaba mejor.
Roy Sullivan es el único ser humano del que se tenga constancia que ha sido alcanzado por siete rayos en su vida y sus únicas secuelas directas sean unas cicatrices de quemaduras. A pesar de su historia y de lo extraño de su vida, Roy falleció de una manera más prosaica. El 29 de Septiembre de 1983, a los 71 años, Roy se disparó en el estómago a consecuencia de un desengaño amoroso, falleciendo unas horas más tarde a consecuencia de las heridas.

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